Chocolat
Siempre me fascinó la forma que tenías para pronunciar chocolate. Nunca fuiste capaz de terminar la palabra chocolate, siempre decías chocolat con ese característico acento francés, sin duda me fascinaba más que si hubieras dicho chocolate.
¿Te acuerdas de la primera vez que nos vimos? Yo estaba sentado en esa pastelería, saboreando una taza de chocolate caliente junto a un pastel mientras en tu París diluviaba. Te acercaste tímidamente y me soltaste una frase que jamás entendí, yo te respondí en inglés y mientras hablábamos en inglés tú te sentaste, pediste otro chocolate caliente y descubriste que era español. Luego comenzaste hablar español con ese acento que tanto me fascinó.
Recuerdas, me dijiste que debería aprender francés, que es el lenguaje del amor, aún no lo he aprendido y creo que tampoco tengo pensado aprenderlo, pero ya sabes que te conteste: sí el francés es el idioma del amor, pero el español es el idioma de la pasión.
Mientras hablábamos me preguntaste ¿por qué tomaba chocolate?, sin dudarlo me arriesgue y te dije que porque me recordaba a las mujeres. Luego comentaste que en Francia decís que el chocolate era el sustituto del sexo y yo sonreí diciéndote que en España se dice lo mismo. Como no sabía que preguntarte, te hice la misma pregunta ¿por qué tomas chocolate con un desconocido? A lo cual me respondiste que era el mejor preludio para acotarse con un hombre. La respuesta fue demasiado contundente y demoledora y sentenció uno de los principios que contenía el chocolate, que es una sustancia afrodisíaca.
Me llevaste por las calles arrastrando de tu brazo, entre la lluvia y la cantidad de gente con paraguas hasta que llegamos a tu apartamento en la zona de Montmartre, lugar exquisito y curioso de París. Un apartamento pequeño, aburguesado y lleno de fotografías en blanco y negro. Me dijiste que si quería algo y dije que ya estaba lo suficientemente lleno de chocolate, algo que aún hoy me cuesta reconocer, nunca el chocolate y el sexo son suficientes.
Me tumbaste sobre tu sofá, muy de diseño pero a la vez muy incómodo, nos besamos y aún sabías a chocolate. Te dije que sabías a chocolate y tú respondiste que venía de familia. Me contaste entre besos y caricias que tus antepasados se dedicaron en tiempos de Napoleón a la importación de cacao y que incluso un familiar directo se casó con una nativa que trabajaba en una plantación, de ahí ese colar dorado de tu piel. Luego en la post guerra el negocio comenzó a declinar pero que lograron vender lo suficientemente rápido como para vivir de manera acomodada hasta hoy.
Al tiempo fuimos perdiendo la ropa junto con la vergüenza. Tenías un cuerpo hermoso, bien formado y labrado del que me jurabas que jamás pasó por un gimnasio y que fue esculpido con copiosas cantidades de chocolate y que incluso ese lunar que destacaba sobre tu ingle era un grano de cacao.
Me preguntaste ¿qué parte de tu cuerpo era el que pensaba que más te sabía a chocolate? Yo sin dudarlo dije que los pechos, que los tenías cargados de chocolate, que tenías unos pezones oscuros y que parecían trufas. Me dijiste que eso era un recuerdo genético de tu bisabuela y que se fue oscureciendo aun más con el tiempo. Me pusiste la mano encima de tu pecho y me pediste que notara que suaves eran, como el polvo del cacao y en cambio que áspero era el pezón, como el interior de los granos de cacao. Me los diste a probar y era cierto, sabían a chocolate, un chocolate muy dulce.
Luego me dijiste que el mejor chocolate no era el de sabor dulce sino el que tenía un regusto salado. Sabía a lo que te referías, pase mis labios por encima de tus pechos, los fui resbalando por tu piel, bese lunar en forma de grano de cacao y probé el chocolate salado y dulce que me ofrecías entre tus piernas. Tenías razón, era el que mejor sabor tenía.
Fueron momentos fascinantes y deliciosos los de aquella tarde áspera y lluviosa sobre parís. Acuérdate cuando decidiste sacar los cigarrillos después del combate, deteste lo que ibas hacer, en cambio, sonreíste, le quitaste el papel del cigarrillo, te lo metiste en la boca, me guiñaste un ojo y me dijiste: ¿Quieres más?