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Tesoros

Naranjas

El otro día soñé contigo, no se de donde me vino la imagen, seguramente del subsconciente. Salías del mar, concretamente del Mediterráneo y andabas desde la orilla hacía mi. Me cubriste con tu cuerpo húmedo y mojado, cuando intente besarte me rechazaste. Me mostraste una naranja, hundistes tus dedos en ella y la despedazaste. La pasaste por todo tu cuerpo húmedo, me agarrate la cabeza entre tus manos y me obligaste a probar cada centimetro de tu cuerpo



Primero tu cuello que tenía el sabor salado carácterístico del mar Mediterráneo, luego tus hombros, luego tus pechos donde se mezclaba el sabor salado y el sabor de la naranja y donde las gotas de zumo de naranja rivalizaban con las gotas de agua del mar , luego tu ombligo  donde se acumulaba el preciado elixir y al final tu sexo donde el contraste de sabores era sublime. Me desnudaste y repetiste la misma operación de la naranja sobre mi cuerpo, pero con más furia, arrastraste como una lija tu lengua sobre mi piel, hicistes surcos con tus manos sobre mi piel. Me pusiste la naranja en la mano para que te volviera a cargar de sabor y notara tus curvas a través de la naranja mientras clavabas tus rodillas en la arena de la playa para hacerme el amor mezclada de sabores.



Fue intenso el sueño, me levante sobresaltado aunque te prometo que cuando pasé la lengua sobre mis labios sabían a naranja y lo peor de todo, es que estamos en la temporada de naranjas y me apetece mucho comerme una e ir contigo a tu casita de la playa.

14.12.04 19:01


Mirada estraviada

Nunca me miras las manos cuando te acaricio. Rehuyes la mirada cuando 
poso mis manos sobre tus pechos y los acaricio, incluso cierras los ojos.
Nunca me miras a los ojos cuando pierdo mis manos entre tus muslos, sólo
asientes y te quejas cuando aparto mis manos.
¿Cómo son mis manos? Mis manos son nerviosas cuando las poso sobre tu
cuerpo desnudo, son tranquilas cuando las paso por tus mejillas y son garras
cuando las cierro sobre tu cintura mientras me haces el amor.
Nunca dejas que mis manos agarren las tuyas y nunca me las miras cuando
te producen placer, sólo cierras los ojos y respiras.

1.11.04 10:34


Chocolat

             Siempre me fascinó la forma que tenías para pronunciar chocolate. Nunca fuiste capaz de terminar la palabra chocolate, siempre decías chocolat con ese característico acento francés, sin duda me fascinaba más que si hubieras dicho chocolate.


            ¿Te acuerdas de la primera vez que nos vimos? Yo estaba sentado en esa pastelería, saboreando una taza de chocolate caliente junto a un pastel mientras en tu París diluviaba. Te acercaste tímidamente y me soltaste una frase que jamás entendí, yo te respondí en inglés y mientras hablábamos en inglés tú te sentaste, pediste otro chocolate caliente y descubriste que era español. Luego comenzaste hablar español con ese acento que tanto me fascinó.


            Recuerdas, me dijiste que debería aprender francés, que es el lenguaje del amor, aún no lo he aprendido y creo que tampoco tengo pensado aprenderlo, pero ya sabes que te conteste: sí el francés es el idioma del amor, pero el español es el idioma de la pasión.


            Mientras hablábamos me preguntaste ¿por qué tomaba chocolate?, sin dudarlo me arriesgue y te dije que porque me recordaba a las mujeres. Luego comentaste que en Francia decís que el chocolate era el sustituto del sexo y yo sonreí diciéndote que en España se dice lo mismo. Como no sabía que preguntarte, te hice la misma pregunta ¿por qué tomas chocolate con un desconocido? A lo cual me respondiste que era el mejor preludio para acotarse con un hombre. La respuesta fue demasiado contundente y demoledora y sentenció uno de los principios que contenía el chocolate, que es una sustancia afrodisíaca.


            Me llevaste por las calles arrastrando de tu brazo, entre la lluvia y la cantidad de gente con paraguas hasta que llegamos a tu apartamento en la zona de Montmartre, lugar exquisito y curioso de París. Un apartamento pequeño, aburguesado y lleno de fotografías en blanco y negro. Me dijiste que si quería algo y dije que ya estaba lo suficientemente  lleno de chocolate, algo que aún hoy me cuesta reconocer, nunca el chocolate y el sexo son suficientes.


            Me tumbaste sobre tu sofá, muy de diseño pero a la vez muy incómodo, nos besamos y aún sabías a chocolate. Te dije que sabías a chocolate y tú respondiste que venía de familia. Me contaste entre besos y caricias que tus antepasados se dedicaron  en tiempos de Napoleón a la importación de cacao y que incluso un familiar directo se casó con una nativa que trabajaba en una plantación, de ahí ese colar dorado de tu piel. Luego en la post guerra el negocio comenzó a declinar pero que lograron vender lo suficientemente rápido como para vivir de manera acomodada hasta hoy.


            Al tiempo fuimos perdiendo la ropa junto con la vergüenza. Tenías un cuerpo hermoso, bien formado y labrado del que me jurabas que jamás pasó por un gimnasio y que fue esculpido con copiosas cantidades de chocolate y que incluso ese lunar que destacaba sobre tu ingle era un grano de cacao.


            Me preguntaste ¿qué parte de tu cuerpo era el que pensaba que más te sabía a chocolate? Yo sin dudarlo dije que los pechos, que los tenías cargados de chocolate, que tenías unos pezones oscuros y que parecían trufas. Me dijiste que eso era un recuerdo genético de tu bisabuela y que se fue oscureciendo aun más con el tiempo. Me pusiste la mano encima de tu pecho y me pediste que notara que suaves eran, como el polvo del cacao y en cambio que áspero era el pezón, como el interior de los granos de cacao. Me los diste a probar y era cierto, sabían a chocolate, un chocolate muy dulce.


            Luego me dijiste que el mejor chocolate no era el de sabor dulce sino el que tenía un regusto salado. Sabía a lo que te referías, pase mis labios por encima de tus pechos, los fui resbalando por tu piel, bese lunar en forma de grano de cacao y probé el chocolate salado y dulce que me ofrecías entre tus piernas. Tenías razón, era el que mejor sabor tenía.


            Fueron momentos fascinantes y deliciosos los de aquella tarde áspera y lluviosa sobre parís. Acuérdate cuando decidiste sacar los cigarrillos después del combate, deteste lo que ibas hacer, en cambio, sonreíste, le quitaste el papel del cigarrillo, te lo metiste en la boca, me guiñaste un ojo y me dijiste: ¿Quieres más?

12.7.04 13:48


Volcar a la realidad


Sé que el precio que tengo que pagar por no mostrar quien soy, es que vuelques nuestra imaginación en el cuerpo de otra persona. El precio es alto pero, mis palabras son para ti, y eso es lo único que me importa en este momento cargado de ternura, cariño y pasión.


No puedo dejar de soñarte sin conocerte aún, quizá ese anonimato que aún poseo de ti en este lugar de los sueños, me crea una pequeña esencia de superioridad. Tú sonrisa me cautivó, tú cabello me apasionó y la mirada que observé me enloqueció nada más darme cuenta que eras tú lo que yo deseaba.


Sabes bien que no te veo, pero lo que no sabes es que los sentidos siempre están alerta. Podría imaginarme tu olor invadiendo el pequeño espacio que hay entre los dos. Sentir el roce de tu piel contra la mía es como imaginar las yemas de mis dedos calentándose rápidamente. Observar tus pupilas es regalarme la llave de tu alma y saber que ardes de furtivo deseo. Y comenzar a escuchar el sonido que producen los gemidos es pensar que ya no hay vuelta atrás.fficeffice" />


Nuestros corazones bombean demasiada sangre por segundo como para seguir engañándonos mientras que de nuestras manos brotan sabias caricias. Caricias que no sabía ni dar ni recibir con tanta exactitud hasta hoy. El sudor que cubre nuestros cuerpos se transforma en agua bendita, el aliento de las respiraciones en éxtasis y tu sexo en el templo que quiero profanar.  


 Quiero convertirme en creyente por un día, para adorar esos muslos que me ciegan de pasión. Ir escalando por tu inmaculada espalda hasta alcanzar tal vértigo que no pueda soltarla para no caer al vacío. Pronto descubrirás, que aunque novato en tu cuerpo me convierto en avanzado aprendiz de tus pliegues, curvas y depresiones. Sobre todo cuando acaricio tus pálidos pechos, los compactos, los oprimo suavemente entre mis labios y los hago florecer como nunca los habías notado.


Los cuerpos van perdiendo la timidez, pierden su simetría, las manos se ocultan y se mueven sobre ellos. Se alborotan formando danzarines arabescos ejecutados con nobleza y precisión. Las caricias se confunden, se hacen más contundentes, los músculos se tensan, las espaldas se arquean, el aliento se mezcla y el éxtasis llegará como una fuerte marea borrando los últimos coletazos de la timidez.


Sonríes y sonrío, te apartas el pelo de la frente despacio, mientras aún suspiro sobre tu pecho húmedo y alborotado. Apartarás de mí el odio que llegaste a sentir mientras decidimos quien va a volver a comenzar con el combate.


Te vestirás lentamente recordando como perdiste cada prenda que llevabas puesta y poco a poco sólo quedará en ti el recuerdo de esa noche cuando mi aliento jugaba entre tus pechos y el elixir que produjo tanto rozamiento. Así me despido, con un sueño divino que cambió el devenir de nuestra historia y con un jadeo apagado en espera de tu cuerpo...


 


                    


 


 

30.5.04 23:01





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